Aventura en el mayor paraíso glaciar del planeta

Se estima que en Chile existen más de 26.000 glaciares, y la cuarta parte de ellos se sitúa en la región de Magallanes y de la Antártica chilena. Es este uno de los territorios más salvajes e inaccesibles del mundo, como se puede comprobar en la Tierra del Fuego, donde el casi infinito campo de hielo impide el descubrimiento a pie de un área helada dominada por los fiordos, las ensenadas, las montañas y los glaciares, que solo se pueden avistar desde el agua, navegando.
La naviera Australis, autorizada para recorrer estos fiordos, da esa oportunidad. El Ventus dispone de 100 cabinas con ventanas panorámicas, para un máximo de 200 pasajeros; cinco cubiertas y un amplio salón para degustar la sabrosa gastronomía chilena.
Omar Galindo, capitán del barco a sus 37 años, define esta aventura marina como «un viaje inolvidable, porque es un lugar virgen muy poco visitado con una carga histórica incuestionable». Él no deja de admirar a aquellos navegantes que hace cinco siglos recorrieron estos canales casi como si fuera una cuestión de fe: «Eran hombres valientes, audaces con mucho coraje y se atrevían a recorrer estos mares sin el apoyo de la tecnología de hoy en día».
Una ventaja que no impide al capitán, con cuatro años de experiencia en esta naviera, resaltar cuál es la mayor dificultad del viaje. «El clima -advierte-, sobre todo el viento, que obliga a que tengamos que adaptarnos a la naturaleza para poder trabajar de manera segura. Siempre podemos vivir una situación límite, pero contamos con un staff profesional muy consolidado, desde los ingenieros a los pilotos y los equipos de expedición o los mismos camareros, que saben manejar las bandejas en su quehacer diario».
La aventura comienza en Punta Arenas
Conviene llegar al menos un día antes de acudir al muelle Prat de Punta Arenas para iniciar la navegación hacia el sur por el Estrecho de Magallanes hasta internarse en los canales y fiordos del Parque Nacional Alberto de Agostini. Así se tiene la oportunidad de descubrir esta capital de la Región de Magallanes y de la Antártica chilena, de cuyo puerto parten los barcos que se dirigen a los enclaves más australes de la Patagonia.
Hay que comenzar la visita en su centro histórico, alrededor de la Plaza de Armas, donde se levantan los edificios públicos, como el Club de La Unión en el Palacio de Sara Braun, o las antiguas casonas que recuerdan su arquitectura europea. En medio sobresale el monumento a Fernando de Magallanes, inaugurado en 1920, y según la creencia popular besar -ahora tocar, desde la pandemia- el dedo del pie del indio que se encuentra reclinado en la base de piedra de la escultura augura un próximo regreso a la ciudad.
Sara Braun fue la empresaria patagónica más poderosa de finales del siglo XIX y principios del XX. Ella fundó la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego, enfocando su negocio en la ganadería ovina a gran escala, en contraposición al modo de vida de los indígenas. Su imponente mausoleo se halla en el cementerio, que merece una visita para admirar también las tumbas de otros pudientes personajes de la época, como la familia Menéndez, y un original espacio de cipreses de tipo canadiense que lo han convertido en uno de los camposantos más hermosos del mundo.
Hay muchos más alicientes en este Punta Arenas fundado en 1848, como el mirador del Cerro de la Cruz, con la mejor panorámica de la ciudad y del estrecho, o el Museo Nao Victoria, un espacio privado situado a las afueras con réplicas a tamaño real de los barcos que han surcado el Estrecho de Magallanes encabezados por La Victoria, la nao comandada por Fernando de Magallanes y, a su muerte, Juan Sebastián Elcano. La recreación a tamaño real del primer barco en dar la vuelta al mundo completa en el siglo XVI obliga a reflexionar sobre las condiciones en que lograron semejante gesta con tormentas y un clima infernal.
En el paseo marítimo se levanta además, desde 2020, el monumento oficial que conmemora el 500 aniversario de esa primera navegación y descubrimiento del Estrecho, con los bustos de Magallanes y Elcano ante una esfera armilar de 20 metros de altura y 15 metros de diámetro que simula un globo terráqueo.
Pingüinos y leones marinos
A media tarde suele zarpar el Australis, y la primera parada del crucero se produce al día siguiente en Bahía Ainsworth, en el entorno del Glaciar Marinelli, el que más se ha reducido en todo el área -16 kilómetros en los últimos 100 años-, mostrando cómo resurge la vida después del retiro de los hielos.
Una tranquila caminata por el bosque magallánico de coigües regala unas espectaculares panorámicas, al tiempo que se aprecia el impacto del castor canadiense llegado desde la vecina Argentina. Sorprende la belleza de la morrena de este glaciar con sus presas donde penetra el agua marina, formadas por la acumulación de rocas y sedimentos que marca el límite máximo que alcanzó el bloque helado. Este es uno de los vestigios geológicos más importantes del Parque Nacional Alberto de Agostini.

Por la tarde, las zodiacs del barco se acercan a los islotes Tuckers para avistar una colonia de pingüinos de Magallanes y de cormoranes imperiales. Los primeros llegan en septiembre para procrear y forman parejas estables que vuelven año tras año al mismo lugar ante la mirada de los leones marinos, su principal depredador, que los vigilan desde una cercana playa solitaria. Los cormoranes, en tanto, son aves muy grandes que pueden medir de largo hasta 72 centímetros y tienen alas muy anchas. El paseo en lancha finaliza al subir al barco a degustar una reconfortante taza de chocolate caliente o un vaso de whisky para los más atrevidos.

La avenida de los glaciares
El segundo día del crucero de expedición está dedicado a los glaciares. Navegando por el brazo noroeste del Canal Beagle se alcanza en la cordillera Darwin el Glaciar Pía, de 6 kilómetros de largo por 1,2 de ancho, cuya lengua principal se extiende por todo lo alto del cordón montañoso hasta el mar. Al descender del barco se puede optar por una excursión que permite disfrutar de una vista panorámica de la costa cercana y los bloques de hielo con un intenso color azul. Imposible no emocionarse ante este anfiteatro de hielo turquesa.
El glaciar debe su nombre a una expedición italo-argentina de 1880 que quiso homenajear a la princesa María Pía de Saboya, y asombra al visitante por sus magníficas formaciones hielo y su entorno prístino en una bella naturaleza virgen.

A continuación el barco avanza por la avenida de los Glaciares, considerado uno de los lugares más imponentes del canal de Beagle porque se suceden uno tras otro desde el campo de hielo Darwin hacia el mar. Todos están rodeados por montañas siempre nevadas y sus nombres se deben a la nacionalidad de los primeros exploradores europeos de la zona: España, Alemania, Italia, Francia (Romanche) y Holanda. Imposible adivinar con cuál quedarse a la hora de fotografiarlos en este angosto canal en el que las lenguas de hielo se derraman sobre el agua formando incluso alguna cascada, como en el caso del Glaciar Romanche.

Desembarco en la isla de Hornos
Para la mayoría del pasaje el punto más esperado del viaje es el Cabo de Hornos, donde se cruzan los océanos Pacífico y Atlántico. En este histórico punto sólo el capitán puede decidir si el desembarco es posible. El viento arrecia con fuerza y no existe un puerto de acceso, únicamente una playa de guijarros en la que a veces resulta inevitable mojarse los pies con las olas.
Desde allí se sube por una escalera de 160 peldaños (unos siete pisos de altura) para acceder a una pasarela que conduce hasta la escultura del albatros (‘Diomedea exulans’), inaugurada el 5 de diciembre de 1992 para honrar a los navegantes que sortearon el temido cabo y a los que murieron por intentarlo, unas 10.000 personas en más de 800 naufragios. El monumento, realizado por el escultor chileno José Balcells, simboliza al ave marina icónica de los mares australes y de mayor envergadura, muy apreciada tradicionalmente por los marineros como el alma de los navegantes caídos.

En la parte más alta de la isla, donde al viento se puede añadir la lluvia, el sol o el granizo más cruel (cuatro estaciones en un mismo día), no hay un árbol, solo una enorme turba vegetal por la que resulta difícil caminar, y sí se puede acceder por la pasarela al histórico faro, ya que la soberanía de la isla es ejercida por una familia chilena, encabezada ahora por Carolina Romero, con sus marido, sus hijas gemelas y un hijo varón. En diciembre cumplirá un año de estancia en Hornos y marchará a otro destino que elija la Armada chilena.
Mientras tanto, su misión aquí es atender a la estación meteorológica y controlar el paso de navíos. Pisar este lugar hostil, si las condiciones del tiempo lo permiten, donde la civilización no se intuye, estremece de alguna manera, pensando que un poco «más allá» hacia el sur se encuentra el temido Pasaje de Drake, también llamado Mar de Hoces, y la helada Antártida.
El refugio de los yaganes
La última excursión en zodiac del crucero austral se produce en la Bahía Wulaia de la isla de Navarino, un enclave histórico porque albergó uno de los asentamientos más importantes de los indígenas yaganes, nativos desnudos y canoeros que se instalaron en este paraje muy protegido de los vientos.
Estos hombres y mujeres constituyeron la tribu más grande de la región de Magallanes. La bahía está catalogada como un gran yacimiento arqueológico por el hallazgo de herramientas, artículos de caza, conchales y tumbas. Su historia se explica en un pequeño museo que funcionó como una radioestación de la Armada de Chile desde 1931.

Casi un siglo antes, en 1833, Charles Darwin desembarcó en este lugar durante su viaje a bordo del HMS Beagle cuando recogía de la mano de Robert Fitz Roy evidencias que le llevarían a esbozar una teoría revolucionaria sobre el origen de la humanidad.
En este centro de información de los pueblos indígenas también se puede conocer mejor la historia de Jemmy Button, el yagán adolescente que fue trasladado a Inglaterra y presentado ante el rey Guillermo IV. Le vistieron como un caballero, recibió algunas vacunas y tomó lecciones de los modales de la época, pero Fitz Roy lo devolvió a su tierra, tres años más tarde, y su intento civilizador se convirtió en un rotundo fracaso.
Además de visitar el museo, los pasajeros del Ventus pueden realizar una empinada caminata hasta un mirador que regala una espectacular panorámica de esta zona donde crecen las lengas, los coigües y los helechos.



